Una compañía inesperada

"Hay enfermedades que no se curan con una operación, pero que son reales y existen. La salud mental es importante y todos tenemos un proceso en nuestra vida, por pequeño que sea, que requiere de un apoyo médico. Que no sea físico, no lo hace menos importante. ¡Date una oportunidad! Mímate y cuídate". Lidia Polo comparte con nosotros este relato digno de reflexión.

0
229

En ésta ocasión, contamos con la colaboración de Lidia Polo para nuestra sección Expresión Saludable. Un texto que nos atrapa de principio a fin y que nos deja un mensaje muy profundo sobre el que reflexionar.

Lidia escribe “Hay enfermedades que no se curan con una operación, pero que son reales y existen. La salud mental es importante y todos tenemos un proceso en nuestra vida, por pequeño que sea, que requiere de un apoyo médico. Que no sea físico, no lo hace menos importante. ¡Date una oportunidad! Mímate y cuídate”.

Una compañía inesperada

Era un día lluvioso de diciembre. Agua helada que caía del cielo, que se colaba entre los pocos rincones que dejaba la espesa capa de ropa que llevaba conmigo, clavándose como hielo hiriente.

Había pasado la mañana saliendo de un establecimiento a otro para cerrar la venta de la casa que un día pensé sería mía. Allí me encontraba, compuesta y sin novio, abandonada como regalo indeseado de Navidad.

Me sentía abrumada. Solo quería encerrarme y no volver a ver la luz del sol. Noches sin dormir donde mis amigas “ansiedad” y “llanto”, jugaban rodeándome con sus brazos fríos, como el mismo temporal de hoy.

Hastiada, entré en la primera cafetería que encontré. Su aroma a café me embaucó. Mis pensamientos recurrentes quedaron al otro lado de la puerta.

Me acomodé en un pequeño sillón de colores que quedaba libre; todo estaba repleto de gente que charlaba, reía y pasaba su lengua por sus labios, jugando con la espuma de aquella bebida mágica. Y allí, al fondo, lo vi: era el hombre más atractivo que pude imaginar. Aparté rápidamente la mirada y comencé a retirar mi ropa de abrigo.

-Un café con leche, por favor. –Le pedí al camarero que fugazmente se había presentado en mi mesa.

Mientras seguía acomodándome en el pequeño sillón mullido, junto al gran ventanal por donde resbalaba el agua de la lluvia, sentí una voz. Me giré y, allí estaba él, con sus ojos verdes, su sonrisa suave y aquella voz grave pero melodiosa.

-Ha quedado este sitio libre. ¿Te importa que te acompañe? –Preguntó.

No pude articular palabra. Mis gestos torpes retirando mi ropa de abrigo para dejar espacio a una compañía inesperada, era más que suficiente.

-Hace un día pésimo –Sentenció.

-Sí, bueno, llueve mucho.

-No me refería al tiempo. Parece que no tienes un buen día.

Mis ojos se abrieron aún más.

-Cierto es que no. Pero me aburren las historias tristes. –Dije con desaire –Mira, para ser más exactos, siempre las he odiado.

-Es curioso que digas eso –Comentó de una forma tan suave que creí perderme en el sonido de su voz –En mi caso siempre he pensado que cualquier historia puede acabar como uno lo decida.

-Sí, claro –Reí –Eso será en los libros que hayas leído. En la vida real eso no existe.

Seguí riendo a carcajadas. No sabía ciertamente si eran nervios o, realmente me hacía gracia la idea de que un desconocido me hablara de finales felices. Dejé de reír cuando observé su cara seria.

-He sufrido una enfermedad bastante grave de la que he salido indemne y no ha sido por casualidad. ¿Crees que lo tuyo se podrá curar?

-Oh, lo siento pero, esto, mira, ¡a mí no me ocurre nada!

-O eso es lo que crees… ¿cuánto tiempo llevas sin dormir? ¿Piensas mucho en él? ¿Los dolores de cabeza remiten alguna vez? ¿Crees que aguantarás mucho más así? –Preguntó tan rápido que no pude hacer nada, salvo parpadear de forma absurda -¿Quieres que responda por ti?

Seguí paralizada. ¿Cómo podría saber tanto de mí? ¿Acaso era un acosador?

-No, no voy a hacerte daño. –Proseguía con tranquilidad y seguridad. –Solo observo: tus ojeras, tu malestar físico que te acompaña desde hace años. No te has parado a pensar que no solo estás arreglando los papeles de una casa que nunca sentiste tuya, ni de las citas médicas a las que acompañas continuamente a tus padres, tu trabajo y el poco tiempo que te dedicas a ti misma.

-No, no… no sé quién te ha podido contar todo esto, pero puedo decirte que la vida no es tan sencilla. Espero que no sea ahora cuando vengas a decirme que es importante dedicarme a mí, que hay tiempo para todo en esta vida y…

-Siempre hay tiempo para uno mismo. –Me interrumpió –Quizá no puedas darte cuenta por ti misma y necesites que alguien te lo diga.

-¿Quieres que vaya a un loquero? –Espeté.

-La salud mental es algo que todo el mundo debe cuidar. Piensa: vivimos en una sociedad adormecida, vivimos viendo la televisión y las redes sociales en cada pequeño momento libre que tenemos, queremos agradar a todo el mundo, somos perfeccionistas, como lo eres tú con tu trabajo. Nos enseñan cómo debemos vivir nuestra vida, no se ofrecen otras posibilidades salvo lo que ya está establecido culturalmente. –Seguía parpadeando hierática sobre el respaldo del asiento –Piensas que las oportunidades que te da la vida son casualidades y no aceptas que ¡te lo mereces!

-¿Te refieres a aquel concurso de escritura? Fue una casualidad –Respondí airadamente. –No era nada serio, no me esmeré y…

-Y ¿qué? –Me interrumpió –No hay nada más triste que dejarnos llevar por los mensajes negativos que está lanzando nuestra mente, para eso lleva entrenándose mucho tiempo, como es tu caso.

-No es tan fácil –Me hubiera gustado gritarle a la cara que no tiene ni idea (¿o sí?) para decirme todo aquello. Es cierto que no me sentía bien, no era feliz. Los dolores de cabeza y de espalda eran insufribles. Me dejaba el poco dinero que ganaba en remedios caseros, en citas médicas que no conseguían encontrar una dolencia física. Había dejado de hacer ejercicio, solo lloraba en casa por las noches hasta que acababa vencida por el sueño que, en la mayoría de las ocasiones, acudía tarde para acunarme. El cansancio era mi compañero de jornada: me acompañaba en las comidas, de camino al trabajo y a la cama.

-No pasa nada –me dijo dulcemente mientras ponía su mano sobre la mía –Para todo hay una solución. No temas si necesitas ayuda, todos la necesitamos, ¡incluso desconocemos las herramientas que nos podrían ayudar!

-¿Qué podría ayudarme a mí? –Pregunté rebajando el tono. Puede que este desconocido tuviera razón.

-Yo no puedo decírtelo… -Miró al suelo –Para eso podrías preguntar a tu loquero –Se echó a reír, tanto, que me contagió –Lo que sí puedo decirte es lo que a mí me ayudó: hace un tiempo, perdido en una cafetería como esta, comencé a escribir todo aquello que quería fuera de mi vida. Comencé a sentirme bien, sentía que con cada palabra que escribía, conseguía sacar de mí toda la pesadez, la carga que me acompañaba… fue todo muy liberador.

-¡Interesante!

-No siempre nos gusta la realidad que vivimos pero, ¿por qué no puedo crear mi propia historia? –Preguntó como si hubiera descubierto la aguja perdida en el pajar –Puedo crear, borrar, cambiar, hacer llegar a otros lo que siento.

Sonreímos embriagados por la situación.

-¡Esto no puede ser real! –Exclamé.

-Pues lo es, todo está dentro de ti –Señaló hacia mi persona con su dedo y después puso su mano suave sobre mi mejilla –Ahora, descansa.

Sentí que mi cuerpo se desplomaba sin control y me sumí en un sueño extraño. Al abrir los ojos, me encontraba acurrucada sobre el respaldo del sillón. La gente se agolpaba a mi alrededor.

-¡Por favor, necesita respirar! –Entre sombras, discerní al que era el camarero.

Me incorporé torpemente, parecía que todo había sido un sueño. Aquel hombre de ojos verdes ya no estaba a mi lado.

-¿Qué… qué… qué ha ocurrido? ¿Dónde está… donde está él? –Pregunté intentando buscarle entre las sombras.

-Lo siento, no sé por quién pregunta… -dijo el camarero extrañado –Ha estado sola todo el tiempo. Mire, voy a llamar al médico, que por suerte anda tomando un café. –Escuchaba a lo lejos.

No podía entender realmente lo que había ocurrido. Me sentía tan cansada que no podía moverme. Puede que mi conciencia me estuviera avisando de un peligro real del cual no me había percatado.

-Ya le he dicho al dueño que debe bajar la calefacción –Escuché. –Hace un calor horrible aquí dentro. –Se acercó a mí y comenzó a observarme más de cerca –Parece que se ha desmayado.

Cuando pude enfocar de nuevo mi vista, me di cuenta que aquella persona era él. Sus ojos verdes me hicieron despertar súbitamente.

-¡¿Eres tú?! –Grité efusiva.

-Lo siento, se está equivocando –dijo confuso –Me ha llamado el camarero, soy el médico.

Dejar respuesta

Por favor, escribe tu comentario
Por favor, introduce tu nombre aquí

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.