Cuentos para pensar

Estamos felices de seguir contando con la colaboración de Lidia Polo para nuestra sección Expresión Saludable. Lidia comparte con nosotros relatos y cuentos para pensar que nos atrapan de principio a fin y que nos dejan un mensaje muy profundo sobre el que reflexionar.

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Estamos felices de seguir contando con la colaboración de Lidia Polo para nuestra sección Expresión Saludable. Lidia comparte con nosotros relatos y cuentos para pensar que nos atrapan de principio a fin y que nos dejan un mensaje muy profundo sobre el que reflexionar.

cuentos para pensar
Fuente: TIRACHARD KUMTANOM

Praesenti

La vida va tan deprisa, que si, a priori, te preguntaran qué te hace feliz, ¿sabrías responder?

Hay muchas personas que esa felicidad la encuentran al realizar deporte y te preguntarás si es posible, ¡claro que sí! A nivel fisiológico, se generan unas conexiones increíbles y, a continuación, te muestro una gran experiencia.

¿Te animas a probarlo?

-Y tú, ¿Quién eres? ¿Hombre? ¿Mujer? –se sienten risas.

La noche aún estaba muy cerrada y no había comenzado a amanecer. Los comentarios jocosos a esas horas, rodeada de personas desconocidas, era lo que más me motivaba. No había caras, no importaba el género, las edades ni la religión.

Todos éramos uno, con una misma misión. No importaba tampoco la condición económica, todos teníamos las mismas heridas y compartíamos el mismo dolor.

-Allí, ¡¡comienza el espectáculo!! –Gritó alguien en algún lugar que no supe descifrar, pero era sencillo saber hacia dónde dirigir la mirada. Pequeños rayos de sol comenzaban a despuntar.

Esa noche había sido especialmente mala, la espalda me dolía horrores, las piernas parecían no obedecer las órdenes que mandaba mi cerebro, pero no podía parar, me repetí una y otra vez.

Las punzadas de dolor me hicieron parar súbitamente, solo fui consciente de ello cuando las sombras de las personas comenzaba a alejarse. Revisé mis apósitos. Estaban todos desplazados, mis zapatillas ya no tenían salvación: rajadas, manchas rojizas a los lados… ¡menudo desastre!

Nadie se percató de mi retirada, era muy habitual. En verdad, no conocía a esas personas de nada pero me había dado cuenta de que me proporcionaban lo que otras no habían conseguido. ¡Hasta casi aprendo a hablar suajili! Y, lo más importante, me habían hecho reparar en “momentos”. Momentos que había olvidado.

No era la mochila lo que me pesaba, era llevar mi vida a cuestas: momentos pasados, momentos presentes y lo que aún no había ocurrido. A esos momentos, los temía más que a los 10km que llevábamos ya caminados esa mañana.

Momentos, sí, momentos. Momentos también para desarrollar sentidos: de olfato, de tacto: cómo huele una mañana cuando el resto de los mortales duerme, el frío de una piedra al sentarse sobre ella, un trozo de pan cuando realmente estás hambriento.

No, mi mochila no iba cargada de nada, solo de humo negro y espeso que no me había permitido ver más allá. Eso que estaba tan dentro de mí y que nunca había visto, experimentado, saboreado.

En esos días no había conocido a María, la chica rubia del trabajo, ni a Marcos, el chico de ojos oscuros que me atendía en la gestoría. Tampoco era Sergio, el monitor de Zumba, ni Patricia, la dentista. Eran rostros sin nombre de diferentes lugares del mundo, personas en toda su esencia, con idiomas que ni reconocía, pero todos compartíamos un mismo camino.

-Ten –dijo alguien tendiéndome un apósito nuevo. Alcé la vista. Era aquella pareja de sonrisa perfecta que conocí hace un par de días. –Creo que te hará falta.

Sonreí mostrando mi gratitud. Me alegré de recuperar el aliento, aire renovado. Estaba lista para seguir el camino. Me sobrevino una sensación de alivio. Hacía tiempo que no veía esa ¿solidaridad? Tanto tiempo sin nombrarla que no sabía ni que existía, ¡si me caí de los patines en mitad del parque y nadie vino a ver si necesitaba ayuda!

Quizá me olvidara de esa vida tan estresante que vivíamos hace una semana. Estaba claro que esta experiencia, estas sensaciones, no tenían cabida allá de donde venía; la sociedad no lo permitía, ni las prisas, ni la desconfianza.

Un bosque de un verde vivo rodeada a ambos lados la cuesta que debía subir. El agua se sentía fluir aunque no se llegaba a vislumbrar. Observé atentamente al grupo de excursionistas que recogía las castañas del suelo y a los niños que jugaban al escondite entre los matorrales hasta que mis pies me alejaron de aquellas escenas.

Al cabo de unos pocos kilómetros estaba frente a mi destino, frente a aquella talla de madera del siglo XV que parecía mirarme con ojos compasivos. Y allí me dejé caer. No creo que fuera a desfallecer, pero en mi fuero interior sabía que era el final de aquel trayecto.

-Ven, ¿tomamos algo caliente? –Y vi que me ofrecía su mano. Esa pequeña mujer menuda me ayudó a levantarme –Soy Sara. Quizá no me recuerdes, nos conocimos hace 5 días.

No, en verdad no la recordaba. Mis pensamientos abarcaron gran parte del viaje, la necesidad de sentir lo que tanto dormitaba en mi fuero interno.

Agradecí enormemente ese brebaje caliente. El mejor café que había tomado en mucho tiempo. Nos sumergimos en una conversación que hacía tiempo que no había tenido y me sorprendió lo mucho que congeniábamos Sara y yo.

Nos preguntábamos si era la fe lo que nos había motivado a realizar aquel camino, si la fe era la causante de nuestras heridas, si todo lo que cargamos durante esos días merecía la pena. Mas era cierto que allí estábamos, contemplando aquel maravilloso monumento frente a nuestros pies, con un tazón caliente en nuestras manos, saboreando el momento.

No estábamos seguras de qué nos había cambiado, sin embargo, mirándonos a los ojos, supimos que este sentimiento no lo encontraríamos si no volvíamos a caminar.

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