Mi máscara, ¿mi realidad?

En ésta ocasión, contamos con la colaboración de Lidia Polo que nos envía un relato para reflexionar sobre cómo nos relacionamos con el mundo, las máscaras que usamos cada día y qué hacer con ellas. 

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máscaras de carnaval
Carnaval. Fuente: Madeinitaly

En ésta ocasión, contamos con la colaboración de Lidia Polo que nos envía un relato para reflexionar sobre cómo nos relacionamos con el mundo, las máscaras que usamos cada día y qué hacer con ellas.

Mi máscara, ¿mi realidad?

Hoy era el día grande. Marta repasó todos los utensilios: pinceles, paletas con colores estridentes, pestañas postizas, coloretes, pintalabios. No puede faltar el disfraz y todos los complementos como una peluca de color azul eléctrico, la falda de tul y unas mallas amarillas para contrastar. Emoción desmesurada, ilusión de disfrutar. Sin duda, su disfraz sería ¡el mejor!

Sintió cómo la euforia se apoderaba de su cuerpo. Empezó por los pies que no paraban de moverse al compás de la música alegre que llenaba las calles del pueblo en los días de carnaval. Soltó un grito de emoción.

Justo en la pared, en el santuario del jolgorio, sintió unos golpes determinantes que tenían un significado claro: ¡Para ya! Su hermana, “la aburrida”, se encontraba en la habitación de al lado, seguramente leyendo algún libro con demasiadas letras. Una vez terminó de colocar su peluca, decidió pasar a despedirse.

Pom, pom, pom, sonó en la puerta, para acto seguido pasar. Como era previsible, su hermana estaba estirada sobre su cama, con su libro y tapones para los oídos. No había sentido su presencia.

-Venga, aburrida. –Dijo jocosa Marta, tirándole un calcetín de su atrezzo. -¿Hoy tampoco piensas salir?

Rosa miró a su hermana ojiplática, incorporándose de inmediato.

-Mírate, Marta. ¡Estás genial!

Marta dio una vuelta sobre sí, sujetando su tul y se reverenció: -¡Gracias!

Rosa hizo un hueco a su hermana y la invitó a sentarse a su lado. –Adoro cuando llegan los carnavales.

Marta se sorprendió. Su hermana… ¿adoraba los carnavales? Nunca había visto un disfraz en su habitación, un brillo en sus ojos ni una máscara de pestañas. Siempre, tan natural. Rosa debió notarlo en su mirada y soltó una carcajada.

-No te rías de mí, Rosa.

-¡Ya estamos! –Sentenció bromista -¿Por qué crees que siempre me estoy riendo de ti?

-No sé, eres la hermana mayor. ¡Y una sosa! –Marta golpeó a su hermana con su almohada.

-Me gustan porque te veo feliz.

-¡Son días para serlo!

-No me refiero a eso, Marta. Siempre has sido una persona muy divertida para estas fechas del año, mientras el resto te escondes bajo un manto gris de melancolía. ¡No eres así! Eres pura alegría pero te empeñas en taparlo. ¿Sabes? Los carnavales aparecieron como una fiesta pagana donde se extendían cartas blancas a todo ser humano. La gente tapaba su cara y disfrutaba de los pecados mortales antes de entrar en la cuaresma. La cuaresma podríamos llamarlo así, en tu caso, el resto del año: modosa, educada, seria, responsable, trabajadora… pero nunca alegre, risueña o alegre como lo eres ahora.

Marta se encogió de hombros.

-No, Marta. Sé lo que estás pensando, pero no. Soy tu hermana mayor, ¿lo recuerdas? Y casi, casi lo sé todo de ti. No, no eres tú. Es muy significativa la expresión de “llevar una máscara” y es tu caso.

-Puede que me de miedo, que me sienta vulnerable.

Quitarse la máscara es romper con esos miedos. –Determinó Rosa –Yo también lo he sentido, Marta. Pero llega un momento en el que si no te valoras, no lo hará nadie por ti. Friedrich Niertzsche decía “la mentira más común es la que nos contamos a nosotros mismos”.

Marta puso los ojos en blanco e imitó a su hermana con una mueca jocosa. Ambas rieron.

-Sé lo que quieres decirme, Rosa. Pero bastantes personas ya se han burlado en muchas ocasiones.

Hagamos lo que hagamos, siempre tendremos admiradores y detractores. Disfruta y sé tu misma. Lo que quiera que pasó en el pasado ya sucedió.

Según Clarice Lispector, “elegir la propia máscara es el primer gesto voluntario humano. Y es solitario”.

Marta pudo pensar, a lo largo de los años en todas las máscaras que utilizó sin ser una festividad: cuando fingió una emoción que verdaderamente no sentía, cuando demostró su entusiasmo por un plan con los amigos que no deseaba, cuando aceptó tomar una decisión que en verdad no hacía latir su corazón con alegría.

Quizá nuestra máscara comience a formarse en la más tierna edad pero, ¿has pensado en las veces que has utilizado una máscara a lo largo de tu vida? ¿Qué intentabas tapar?

Sal y libérate, ¡eres única/o!

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