Cuidar, cuidando

Y ahí, me encontraba. Pensando que tenía razón. A día de hoy hubiera dado lo posible por volver a aquel día y elegir un nuevo camino. Llevaba años trabajando en una gran empresa, ya había alcanzado los 10 años cotizados y aun así no sabía cómo había llegado a ese punto.

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En ésta ocasión, contamos con la colaboración de Lidia Polo que nos envía un relato para reflexionar sobre lo importante que es cuidar al cuidador, sea de un familiar o de un trabajador en una institución.

cuidar al cuidador
Fuente: Sabinevanerp

Cuidar, cuidando

¿Estás segura? –Me preguntaba aquel hombre con pelo largo y canoso. Su bigote rozaba sus labios de una extraña forma que me desagradaba.

-Sí, claro que lo estoy –Respondí con una sonrisa. Entusiasmada por mi tan ansiada decisión.

-Pues siento decirte que vivirás amargada toda tu vida. Saldrás del trabajo, llegarás a casa y verás a tu marido que ya no te mira como antes. Querrás volver a este día, te darás cuenta que te equivocaste de camino.

El movimiento del autobús al frenar en su parada me hizo despertar. Últimamente tenía muy presente lo que aquel profesor me dijo cuando le inferí que quería trabajar con personas en situación de dependencia.

Y ahí, me encontraba. Pensando que tenía razón. A día de hoy hubiera dado lo posible por volver a aquel día y elegir un nuevo camino. Llevaba años trabajando en una gran empresa, ya había alcanzado los 10 años cotizados y aun así no sabía cómo había llegado a ese punto.

Me había formado en una de las mejores universidades, continuos cursos, nuevos modelos de trabajo, pero eso me ofrecía un conocimiento parcial, solo teoría. Todo aquello era la cima del iceberg.

Escuchaba decir que el cuidador de un familiar era complicado, saber desconectar, pedir ayuda cuando se requiere, favorecer la autonomía de su familiar. Hasta en mi situación me había permitido el lujo de decir a mi madre cómo debía cuidar al abuelo cuando estaba enfermo. Le aconsejaba que saliera de casa, que limpiara menos, que descansara, mas nunca imaginé que, trabajar en una institución, me hiciera sentir lo mismo en mis propias carnes.

Sentí el clic de las llaves al abrir la puerta de casa. Regresaba de visitar a Carol, mi compañera de carrera. Ahora se dedicaba a ser una couch de grandes empresas como la nuestra. Impartía sesiones sobre la importancia de cuidar al cuidador de las instituciones. Estaba claro que la vida había cambiado: la mujer se había incorporado al mundo laboral, menos mujeres se dedicaban al cuidado exclusivo de su familiar en el hogar, actualmente, se encuentran muchos centros con posibilidades adaptadas a las necesidades de personas con dependencia, como nuestra corporación.

Carol me relataba cómo muchas empresas soportaban el paso del tiempo. En mi caso, estaba cada vez más convencida que la gente trabaja en lugares como éste por vocación y, otros, en la mayoría de los casos, porque necesitan un trabajo. La inmediatez, las continuas ausencias de trabajadores, hacía que el día a día se pasara de la mejor forma posible, aunque no se tuviera la formación requerida pues, el volumen de trabajo superaba cualquier expectativa.

-Amiga, -me decía Carol –Si no te cuidas tú, nadie lo hará. Ten por cuenta una cosa y es que, tu trabajo requiere de un conocimiento, de la teoría. Pero hay mucho más, como por ejemplo, saber trabajar tu perfeccionismo. No puedes exigir a una persona a que siempre haga todo bien, a exigirte una responsabilidad que no está en tus manos, a frustrarte… eso conlleva fatiga, que no descanses, etc.

Carol trabaja con escalas como el “Inventario de depresión de Beck”, “Inventario de ansiedad de Beck” o “Escala de sobrecarga del cuidador de Zarit”, algunos adaptados a empresas, incluso con el “Síndrome de Burnout”, los cuáles me enseñó a trabajar y adaptar a mi situación personal.

A Carol siempre le comento lo difícil que es trabajar con el dolor ajeno. Puede que no sea de tu propia sangre, pero hay una convivencia real. Muchos años de enfermedad que menguan, que duelen. Eres consciente de sus avances, pero también de sus retrocesos. ¡Cuán difícil es saber romper la barrera entre lo personal y lo profesional!

El tiempo es relativo cuando estás en el centro, es como vivir otras normas, beber de la rutina y de lo cotidiano. Objetivos que trabajar, planes de vida organizados a personas ajenas, cuando no sabes ni dónde dirigir la tuya. Plasmar en papeles lo que no sale en voz. -¡Más piel y menos papel! –Dice mi amiga. Pero estar dentro de la vorágine… ¿cuánto aguanta un cuerpo en esta situación?

No puedo dejar de sonreír cuando escucho que vivir bajo estrés acorta la vida, que tomes tiempo para ti, para relajarte. En verdad pienso que así es mucho más sencillo, cuando el trabajo se vive como lo que es, trabajo, pero mi día a día me lo impide. No puedo dejar de ilusionarme con cada paso y entristecerme tras una caída.

Puede que sea el momento de hacer devolver a las instituciones, que el trabajo que se realiza, a diario, es titánico. Que somos personas, cuidadores, familiares, psicólogos, enfermeros, agentes inmobiliarios, acompañantes… sin un título que lo corrobore pero que es trasversal a nuestro trabajo. Quizá sea el momento, de cuidar también al cuidador en instituciones, de ofrecerles apoyos y no abandonarlos entre tanto viento. Buscar figuras como Carol, que nos enfoque en una dirección, que ayude a tirar la basura emocional que se acumula en nuestro cerebro. Buscar soluciones conjuntas, cuidar a las personas sí, pero también al trabajador.

La vida es demasiado corta como para no disfrutarla.

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